Cuando entré por la puerta del centro comercial un sofocón de aire frío desnudó mi cara. Mi mano se dirigió hacia el bolso que colgaba del hombro derecho buscando algo de abrigo. Entonces recordé que aunque ya el otoño había sido anunciado en los medios, seguíamos casi en cueros. De manera menos intuitiva invité a la mano izquierda, de nuevo, a aburrirse sobre el suelo; pero al no ver nada interesante, sentí empatía por ella y uní mi vista a su distracción. Entonces entendí por qué mis gatos imploran asomarse por la ventana.

Me salvó de la apatía el choque con un estante repleto de turrones apilados como un tetris. Mi cuerpo quedó inmóvil observándolo y al levantar la vista comprendí que no tenía escapatoria. ¡Estaba en el centro estratégico del merchandising de la navidad!

Como mi oído izquierdo hace tiempo que declaró la guerra al exterior, concentré la capacidad auditiva en el oído derecho esperando escuchar un villancico. Pero aún era pronto para una invasión de mercadotecnia auditiva.

Decidí caminar con la exigencia típica del que paga la entrada para visitar un museo, pues no quería ser víctima consciente de la invasión navideña. No recuerdo el tiempo que dediqué a tal fin, pero conforme fui recorriendo los pasillos, mi ropa encogió y mis pies calzaron los primeras zapatillas deportivas que me compró mi madre. La infancia nostálgica me trasladó a navidades con olor a almendra molida, mientras los cordiales resurgían del horno de leña de mi abuela. Al aroma del cocido con pelotas en la cena de Nochebuena. A la escena obligada de mi abuelo entrando en casa con bolsas repletas de zambombas con las que cantaríamos villancicos antes de la misa de gallo. Y de fondo… de fondo sonando “El tamborilero” de Raphael, y “Noche de paz”.

Pero ¿En qué momento cambió todo? ¿Dónde quedó la recogida de almendras para hacer cordiales en hornos de leña? ¿En qué contenedor se quedó sonando “El tamborilero” de Raphael? Me sentí testigo de un juicio repleto de preguntas sin respuestas. Sentencia: Culpable. Culpable de formar parte de un consumo capitalista carente de la auténtica esencia navideña.

Un envoltorio de pavo relleno precocinado que aguardaba en la parte baja de los estantes de un pasillo comenzó a llamarme. En mi búsqueda hacia su encuentro observé que ya no calzaba las primeras zapatillas de mi infancia, y de nuevo, sentí frío. Busqué la salida, paré en el puesto de helados de la esquina y regresé a casa tomando un helado de chocolate.

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