Papá

Al primero que llamé cuando supe hablar fue a ti –papá- así pude compensarte por los nueve meses que no crecí en tu interior, pero ya me sentías dentro de ti.

En mis primeros pasos me ofrecías tu mano para contrarestar el poco equilibrio de mi cuerpo. En cada caída me animabas a levantarme, me dabas tu fuerza, a cambio de nada.

A cambio de nada…

Yo miraba hacia arriba para poder verte, pero no me daba cuenta de que para alcanzar mi mano, tenías que mantener tu cuerpo encorvado.

En mis días de llantos te convertiste en el mejor jugador de las adivinanzas, aunque, al final, era mamá la que siempre ganaba. –Son gases – te decía, y tú comenzabas una carrera cronometrada hacia la farmacia de guardia.

Después vinieron las papillas y te compraste un traje acorazado.

Pero cuando mejor nos lo pasábamos era cuando nos disfrazábamos con la ropa de mamá.

– ¿Qué te ha pasado en el pie? – te preguntaron.

– Un esguince, se me torció el tobillo –contestaste.

Y yo era la única que sabía que los zapatos de mamá te quedaban pequeños.

Un día de tantos, dejé de mirar hacia arriba para poder verte, y tu sonrisa palideció, yo no entendía tu sufrimiento. –Te haces mayor –me dijiste, y durante un tiempo dejamos de darnos la mano. Te convertiste en mi centinela. Me esperabas, por la noche, cuando regresaba tarde, acostado, en silencio. Yo escuchaba tu carraspeo sigiloso. Buenas noches papá te decía mi pensamiento. Y ahí comenzaba tu descanso.

Sí. Hubo un tiempo en el que todo giraba en torno a mí. En el que era niña y me regocijaba de una infancia feliz. Eso pasó hace ya un tiempo, pero vive siempre en mí.

Si tuviera que devolverte todo lo que me has dado, tendríamos que volver a nacer y que tú seas mi hijo. Solo esa es la manera que veo de devolverte todo lo que me has dado a cambio de nada.

A cambio de nada…

Ahora cuando te miro una parte de mí envejece contigo. El miedo a perderte para siempre me vuelve egoísta. Lo sé. Pero es que también sé que nadie me va a mirar desde donde me miras tú.

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