Nací durante el letargo del verano de 1971. Cuando una España, aún silenciosa, presagiaba el advenimiento de la democracia. Una democracia que se presentaba trémula ante nuestros ojos.

Mi nombre es Eva, un nombre que ante todos puede parecer de lo más común -el nombre de la primera mujer que cometió el pecado original-, pero en España, el nombre de Eva venía de algo más oculto relacionado con la mujer en la dictadura franquista. Una mujer a la que le arrebataron de todos los derechos constitucionales, y que pasó a asumir el papel único de madre y buena esposa. Muchas fueron condenadas por ser republicanas, y a estas mujeres se les dio el nombre de ̈las nuevas Eva ̈, mujeres que fueron humilladas. Primero les rapaban la cabeza y les daban aceite de ricino, después las obligaban a pasear por las calles. Mujeres que daban fruto a hijos enemigos de esa España.

Me crié con mis abuelos y sus historias. Las hice tan mías, que me introduje en el pasado de ellos. <<Era como abrir un libro que te adentra en la vida de sus personajes>>. Vi volar por los aires a mi bisabuelo y a su hijo de pocos meses de edad. La detonación de la bomba destrozó mis tímpanos. Sentí que me quedé huérfana con mi abuelo. Vendí periódicos con él por las calles, cada día, y al terminar, comíamos pan duro enmohecido. Aquello hambrientos años de la guerra y la posguerra civil española fueron episodios diarios de largas charlas con tragos de anís del mono entrando en la garganta de mi abuela, <<su bebida favorita>> ¡Mi abuela! otra huérfana de la guerra civil. Otra víctima del hambre y la miseria, a la que durante mucho tiempo le duró la costumbre de esconder pedazos de pan por los rincones.

Los domingos, mi madre nos vestía con los mejores atuendos, para ir a los oficios religiosos. Al terminar, paseábamos por las calles de la ciudad, donde la opulencia de las familias se mostraba como a monos de feria.

Me educaron en una escuela de monjas, donde la única figura masculina que nos visitaba, era la del padre Jesús María, una vez al mes, para darnos misa y confesarnos de nuestros pecados. ¡Pecados! Ahora me parece irrisorio. Pues nos confesábamos entre paredes pintadas de autarquía fascista, propia de las décadas del franquismo.

A los doce años comencé mi aventura con la literatura. A escondidas leía la poesía de Juan Ramón Jiménez, Lorca y Miguel Hernández. Con ellos descubrí un mundo, hasta entonces, ajeno a mí. Unas páginas que dormían en estantes ocultos. Con ellos, de nuevo, descubrí la infamia de la guerra. Una guerra que me dejó huérfana de más poemas. Y me descubrí a mí.

Pronto llegaron los dieciocho años. Y con ellos el derecho al voto. Y mi pregunta fue ciega pues mi ignorancia era más sabia que yo. ¿A quién voto? Mis manos sostenían montones de panfletos que me recordaban, mientras caían de los coches, a las pelotas hinchables de la marca Nivea cayendo al mar, en verano.

Los años pasaban. Las palabras: <<mayoría absoluta>> se volvieron cotidianas, como las crisis económicas, que nos hacían sentir culpables por haber dado un voto que creíamos incorrecto. Fue entonces cuando tuve mi primera erisipela  política. Y me convertí en un títere, <<como el resto de la sociedad>>. Otro títere más.

Este año la navidad ha llegado en un momento de incertidumbre política. Una respuesta masiva de los ciudadanos en las urnas, las ganas y la necesidad de un cambio en nuestras vidas. Un grito afónico que se pierde en el aliento de la Navidad. Las pagas extraordinarias se consumen en bandejas repletas de cordiales y mazapanes. Las calles vuelven a iluminarse sobre balcones desahuciados que contemplan la misma escena de todos los años, <<familias paseando su opulencia oxidada por la ciudad>>. Nos sentamos en la mesa con la tía Luisa, la misma que no vemos desde la Noche Buena del año pasado. Cantamos villancicos y brindamos. Yo brindo con anís del mono, y recuerdo a los que se fueron, a los que tuvieron la suerte o la desdicha de celebrar la Navidad de antaño, la que recuerdo porque me la contaron.

Con la resaca volverá la misma incertidumbre que nos acecha. La misma que se burla de todos los títeres que, como yo, nos sentimos dichosos de esta sociedad.

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