El sol duerme en el suelo de la habitación. La pared lo observa asentada en un matiz seductor. El frío humedece mis calcetines y los gatos juegan con las cajas vacías en las que vamos a transportar la recopilación de los últimos años.

El día ha tenido más horas de lo habitual y aun así se ha hecho corto. Nuestros cuerpos reposan cansados en una habitación que ya no es nuestra, un contrato firmado se la ha dado a otro. La puerta se cerrará y unas llaves abrirán otra puerta en otro lugar, aquí cercano, donde un vinilo fingido sonará con la música del mar de fondo.

Nuestros objetos más valiosos, adornos, algún amuleto, y otros, tan solo recuerdos, se exhibirán en estanterías.

Las ventanas sin cortinas se convertirán en arte, un cuadro diferente cada día dependiendo de si sopla el viento de levante o el de poniente.

No sabemos por cuánto tiempo, ni qué buscamos. Ni siquiera queremos saberlo. ¿Para qué? Nos vale con quererlo. Porque nada está escrito. Cada día es una hoja en blanco. Esta misma hoja que ahora está repleta de pensamientos.

¿Mañana?… Mañana será otro día. Otro día con otra hoja en blanco.

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